La Cárcel en la Piel

Por X. Andrade

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El mundo de las cárceles ha despertado el interés de antropólogos, artistas y curiosos en general. Un aura de exotismo rodea a un sistema regularmente estigmatizado. La imagen generalizada es de hallarse lo más próximo al infierno, lo cual no deja de ser cierto si se considera un sistema carcelario como el que en Ecuador se caracteriza por problemas crónicos como la sobrepoblación y la precariedad de las iniciativas de rehabilitación. El trabajo de Raúl Ayala entre los presos de una de las cárceles más grandes y peligrosas del país tiene el mérito de involucrar directamente a los recluidos en la producción de los registros gráficos y audiovisuales que levantó durante varios meses en presidio. Lejos de idealizar los mecanismos participativos simplemente, sus métodos de trabajo tienen la bondad de mantener en los registros el punto de vista de los confinados. Sea esta mirada mediada por las técnicas de aprendizaje sobre gráfica, o como actores situados frente a la cámara fotográfica de Ayala, los presos son plenamente concientes del trabajo a realizarse y, simultáneamente, de las motivaciones que guarda el artista. Calcomanías, stencils, graffitis, fotografías, videos son territorios de encuentro entre tradiciones distintas: la de la cárcel y la del artista, cuya piel, vía tatuajes, también ha plasmado esa herencia. Obligadamente alejados de los circuitos en que estos registros circularán en tanto obras de arte, los confinados que participaron en el trabajo de Ayala encontrarán en ellas, seguramente, un reflejo de sus propias miradas.

Este trabajo conlleva interés más allá de los círculos de iniciados, esto si se considera a un clima político que, crecientemente, explota el miedo y la inseguridad para justificar medidas mayormente represivas. Mientras las voces más reaccionarias alientan la perpetuación de las penas, cuando no la de muerte, y los medios pintan los rasgos más escabrosos al interior de las cárceles, el proyecto de Ayala hace un recorrido panorámico y lúdico del día a día de los castigados. Momentos de alegría, invención y también de tiempos muertos que continuarían siendo solamente eso sino fuera por los escasos espacios dignificantes que el sistema penitenciario brinda a los miles de condenados. La obra de este artista es uno de ellos, y, su secreto radica en la capacidad dialógica que queda patente en la materialidad de sus huellas.