CERO POSTALES – Esteban Pastorino y Gonzalo Vargas M, texto de Alex Schlenker

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El mágico abrazo de la anfisbena: estrategias visuales de Vargas y Pastorino

Alex Schlenker

experimentador visual/investigador

La Anfisbena es serpiente con dos cabezas, la una en su lugar y la otra en la cola; y con las dos puede morder, y corre con ligereza, y sus ojos brillan como candelas.

Jorge Luís Borges

El Libro de los seres imaginarios

 

El filósofo Vilém Flusser afirmaba que lo fotográfico sólo podía ser entendido como un acto de magia. El gesto que, desde una dialéctica máquina/humano (cámara/fotógrafo), detiene el instante para lo posteridad, es al mismo tiempo un acto condensador que inscribe mágicamente (creemos entender un proceso que sólo es comprensible como algo mágico) en la superficie significativa de la fotografía la visualidad del momento y tiempo que lo atraviesan. A través del cuerpo, de su comprensión afectiva y racional del mundo que habita, el fotógrafo, más allá de congelar el instante, “traduce hechos a situaciones; sustituyendo con escenas los hechos”[1]. Así el mago-fotógrafo conjuga sus intenciones manifiestas sobre y con lo fotografiado. El instante detenido del acontecimiento es entonces, y ante todo, una porción de la realidad tiempo-espacio que, como huella, nos abre posibilidades para preguntar desde el presente. Dubois recuerda que “la imagen-acto fotográfico interrumpe, detiene, fija, inmoviliza, separa, despega la duración no captando más que un solo instante. […] de la misma manera, fracciona, descuenta, extrae, aísla, capta, recorta un trozo de extensión”.[2] Lo fotográfico genera una huella del mundo que es apenas una “una tajada única y singular de espacio-tiempo” un fragmento cortado del real acontecimiento transcurrido.

Vía de servicio, España. Esteban Pastorino.

Vía de servicio, España. Esteban Pastorino.

Lo fotográfico deviene en evidencia de aquello insinuado por la palabra, puesto que nos habla de “algo que conocemos de oídas pero de lo cual dudamos [y que] parece irrefutable cuando nos lo muestran en una fotografía.”[3] Los actos fotográficos reconstruyen una porción -jamás la totalidad- de la vivencia de ese yo que mira el mundo. Sus legados, imágenes de todo tamaño, color, textura, formato y resolución invocan de nuevo a la vida detenida momentáneamente a través de pequeños fragmentos que la mirada exuda. Aquello que el fotógrafo captó/creó se vuelve significativo y potencial para quienes miramos lo mirado; no solo por la magia que se desprende de un instante detenido para la eternidad, sino por las distintas estrategias que el autor fotográfico desarrolló para la creación visual. El fotógrafo contemporáneo ya no intenta atrapar un exótico mundo jamás visto, sino registrar su propia existencia y los modos con los que franqueó y finalmente habitó este territorio que lo lo invoca, lo engulle, lo traspasa.

Este estar [fotográfico] en el mundo se vuelve frágil, único irrepetible; en palabras de Vilém Flusser un acto de magia que se desprende de una única y compleja relación espacio-tiempo donde todo se repite ad infinitum en cada visita que le hacemos. Este acto mágico acto fotográfico permite que un tiempo-espacio determinado pueda retornar a nosotros una y otra vez, cada vez que posamos nuestra mirada sobre las superficies significativas de lo bidimensional e invocamos aquel espacio-tiempo. Una estrategia que, aunque sea por un breve instante, nos permite jugar con el deseo de eternidad que nos atraviesa a todos a través de la imagen producida; ese juego mágico se hace presente en las imágenes de Gonzalo Vargas y Esteban Pastorino, no solamente por la sensaciones que evocan, sino por las estrategias que desplegaron en el terreno para obtener sus fotografías.

La Mancha, España. Gonzalo Vargas M.

La Mancha, España. Gonzalo Vargas M.

Más allá de las imágenes creadas está el encuentro mismo entre Gonzalo y Esteban; el uno conoce/cree conocer el Ecuador y el otro desconoce/cree desconocer este territorio visualmente virgen. La dupla de creadores, el uno ecuatoriano, el otro argentino genera modos específicos para el hacer visual: los aparentes opuestos se vuelven complementos, la extrañeza convivencia y lo individual se torna en fuerza dual que da vida a la anfisbena, un monstruo de dos cabezas y cuatro ojos que a su paso por el mundo lo devora todo. Según Borges, el nombre anfisbena se aplica a un reptil que comúnmente se conoce por “doble andadora”, por “serpiente de dos cabezas” y por “madre de las hormigas”; así el territorio desconocido se vuelve propio -siempre a pie como buenos fotógrafos- y el suelo andado base de las dos miradas que se conjugan.

La estrategia desarrollada por la dupla Vargas-Pastorino no se limitó al capítulo de Ecuador, sino que se extendió un año más tarde a un recorrido que emprendieron juntos por distintas regiones de España. Si la primera experiencia desplegada sobre el terreno ecuatoriano enunció la posibilidad de un trabajo conjunto, las fotografía surgidas en territorio español confirmaban la potencia poética y política de la anfisbena. Las imágenes creadas en estas convivencias son testimonios de una travesía acompañada por el territorio; un hacer visual que [aún] opera frente a lo real y que encierra como única verdad la certeza que los fotógrafos estuvieron ahí, frente a aquello que registraron. Un encuentro íntimo con el mundo a ser exorcizado devolviéndole una representación semejante, jamás idéntica. El resultado es está hipnótica serie que invita a reconstruir lo mirado/vivido por esta anfisbena de lo visual la cual, acorde a su naturaleza bicéfala, avanza en dos direcciones que no se excluyen, sino complementan; huella de un quehacer que trasciende la mera toma fotográfica y se extiende hacia formas auto-curatoriales en las que ambos autores discutieron, editaron y montaron lo creado. Los fotógrafos, al tiempo que re-descubren los lugares transitados, generan nuevas sensibilidades con su propio yo.

Autovía, Despeñaperros, España. Esteban Pastorino.

Autovía, Despeñaperros, España. Esteban Pastorino.

Cuando Charles H. Caffin aclara que existen “dos caminos distintos en la fotografía: el utilitario y el estético, la meta del uno es un registro de hechos y la del otro una expresión de la belleza”[4], omite precisar que tales caminos, aunque distintos, no son excluyentes: la naturaleza del fotógrafo se escinde permanentemente entre la del testigo y la del autor (estético). La realidad que miraron Vargas y Pastorino, las dos cabezas de la anfisbena, ya no será la realidad reescrita en porciones en la superficie de la imagen, esculpida desde la subjetividad de su creador, pues en palabras de Caffin, “el fotógrafo siempre trabaja a cuchillo pasando en cada enfoque en cada toma, en cada maniobra el mundo que lo rodea por el filo de su navaja”[5], un ámbito capaz de cortar momentáneamente incluso a la anfisbena de la que se dice que, si la cortan en dos pedazos, éstos se juntan.

Embalse de La Viñuela, España. Gonzalo Vargas M.

Embalse de La Viñuela, España. Gonzalo Vargas M.


[1] Vilem Flusser, Hacia una Filosofía de la Fotografía, p. 14.

[2] Phillipe Dubois, El acto fotográfico y otros ensayos. Argentina, La Marca Editora, 2008, p. 147.

[3] Susan Sontag, “En la Caverna platónica” en  Sobre la Fotografía, España, Edhasa, 1996, p.15.

[4] Charles H. Caffin, “la fotografía como una de las bellas artes”, en Joan Fontcuberta, estética fotográfica, Gustavo gili, Barcelona, 2003 p.92

[5] Charles H. Caffin, “la fotografía como una de las bellas artes”, p.92

Los Organos, España. Esteban Pastorino.

Los Organos, España. Esteban Pastorino.

Registro en el espacio de PROCESO arte contemporáneo, Fotos: Adrián Balseca y Gonzalo Vargas M.

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