25 Años del Pobre Diablo… y sigue contando por María del Carmen Oleas R.

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El Pobre Diablo cumple 25 años y la ciudad de Quito a través de la Fundación Museos de la Ciudad le rindió un merecido homenaje con la muestra 25 Murales por los 25 años del Pobre Diablo. La muestra ocupó tres pabellones del CAC (Centro de Arte Contemporáneo). Cada pabellón exhibía los murales desmontables, muchos realizados en papel, que varios artistas ecuatorianos mostraron en las paredes de este restaurante durante sus 25 años. La música característica de este espacio acompañaba a los murales, cada pabellón tenía una curaduría musical diferente. Entre los artistas que fueron parte de esta exposición se puede contar a Ana Fernández, Marcelo Aguirre, Jaime Zapata, Jorge Espinosa, Wilson Paccha, entre otros. Cabe, sin embargo, la pregunta de ¿por qué homenajear a este espacio y no a otros que en la ciudad de Quito?, los que también han cumplido durante varios años con la labor de promover la cultura culinaria nacional y brindar espacios de esparcimiento al público capitalino.

La respuesta a esta pregunta es fácil y viene casi naturalmente entre las personas que frecuentan la escena artística en el Ecuador. El homenaje al Pobre Diablo se debe a la labor que ha cumplido en el campo del arte desde su fundación a inicios de los noventa. A decir de Pepe Avilés (2015) uno de los dueños y gestor principal de este espacio, El Pobre Diablo nació como un espacio para la gente joven, donde se podía hablar de arte. La casa donde empezó el café estaba ubicada en la calle Santa María y Juan León Mera, en la zona de La Mariscal en Quito. Esta edificación tenía ventanas pequeñas y paredes grandes y anchas lo que facilitó la exhibición de arte bidimensional como la fotografía, el grabado o la pintura. Durante diez años El Pobre Diablo funcionó ahí e hizo exposiciones en las paredes del café. Para Avilés en este espacio la gente se relacionaba realmente con la obra, “la gente conoció de arte a través de este bar […], se relacionaban con la música, el arte, los performance y hasta ahora sigue hablando de ese arte que nunca hubiera conocido en museos o en galerías” (Avilés, entrevista, 2015).

Durante la década de los noventa, El Pobre Diablo fue el lugar de exposición preferido por los artistas. Este espacio no tenía el acartonamiento de una galería de arte ni pedía los requisitos que estas instituciones solicitaban para organizar una exposición; simplemente requería una propuesta innovadora y de buena calidad. Alexis Moreano, artista que siguió de cerca los primeros años del Pobre Diablo recuerda que “cuando todavía estaba en La Mariscal acogía cualquier propuesta artística mientras esté ahí para que la gente vaya a tomar cervezas y no para ver arte […] por supuesto [también] acogía cosas que podían ser contempladas, pero no sin perder su función primera de bar” (Moreano, entrevista, 2015). Durante estos primeros diez años hubo exposiciones de artistas consagrados como Marcelo Aguirre; pero también hubo exhibiciones de artistas jóvenes que entonces estaban dando sus primeros pasos en el campo como Wilson Paccha y Patricio Ponce.

La política de exhibición flexible e innovadora que El Pobre Diablo proponía, abrió una gama de posibilidades en el consumo de arte en Quito. Para Moreano (2015) el hecho de que se exhibiera arte en un bar cambió el tiempo de las propuestas artísticas; las obras que se exponían en El Pobre Diablo no podían ser concebidas para que la gente vaya a contemplar el arte como en una galería. Para este artista, las demandas de exhibición de este espacio invitaban a pensar en el carácter eventual del arte, más allá de la lógica museal que hasta entonces se manejaba para las exposiciones en otros espacios.

Me atrevo a decir que, hasta cierto punto, el acercamiento que propuso El Pobre Diablo desacralizó el arte, ubicándolo en un espacio más accesible para el público. Esto produjo una serie de reconsideraciones en la exhibición y la creación artística de la década. Gracias a los requerimientos de exhibición del Pobre Diablo, debía pensarse en otras formas de circulación de las obras, lo que también incentivó la reflexión y la producción artística en medios inmateriales y efímeros que resultaron rupturistas para el campo de esta época.

En este proceso durante su primer decenio, El Pobre Diablo se configuró en el medio artístico como un espacio de legitimación reconocido en la capital. Para Moreano (2015), El Pobre Diablo era un lugar donde se creaba una legitimidad que no era artística, sino social. La legitimidad que otorgaba este lugar desbordaba el campo del arte haciendo de este espacio un ícono para otros espacios de exhibición y, de la misma manera, tanto para el arte que se producía hacia el final del milenio en Quito como, para el público especializado y no especializado.

A fines de los noventa, el campo del arte perdió muchas de sus instituciones privadas, casi todas las galerías en la ciudad de Quito cerraron sus puertas entre 1995 y 2002. Al mismo tiempo, las instituciones públicas del arte se debilitaron; una causa importante de estos sucesos fue la crisis bancaria y la dolarización. El Pobre Diablo cubrió en parte esas falencias con aproximadamente diez años de experiencia en la exhibición de arte. Además en esa época, este espacio albergó una serie de exhibiciones y acciones artísticas que cuestionaban a la realidad económica y política del país como fue la exhibición Tiro al Banco, realizada a propósito del Feriado Bancario.

A inicios del 2000, El Pobre Diablo, tuvo que mudarse y se ubicó en una antigua casa en donde funcionaba una empacadora de café en la esquina de la Isabel la Católica y Galavis, en el barrio de la Floresta. A diferencia de la casa anterior, esta tenía ventanas grandes, y las paredes que podrían ser usadas para la exhibición eran muchas menos. Avilés recuerda que “en el nuevo local teníamos muchas ventanas y no teníamos paredes, pero teníamos unos cuartos en la parte de atrás donde podíamos hacer las exposiciones” (Avilés, entrevista, 2015). La galería El Conteiner se inauguró en lo que fueron las bodegas traseras de la empacadora de café a inicios del 2000.

A pesar de que este espacio fue adecuado específicamente para exhibiciones de arte no se configuró como una galería comercial; las políticas de exhibición seguían siendo las mismas que diez años antes. El espíritu del lugar con respecto a las exposiciones de arte, era el mismo que movió a sus dueños cuando inauguraron el café con una exposición de fotografía en La Mariscal. Pepe Avilés explica, “yo no inauguré El Conteiner porque no había galerías, ni porque quería tener una galería o vender muchos cuadros; sino porque quería llevar este espacio de hacer arte a otro sitio. Pero si hubiera tenido paredes en el bar hubiera seguido haciendo exposiciones en el bar” (Avilés, entrevista 2015). Hasta la actualidad El Pobre Diablo y El Conteiner abren sus puertas a exposiciones de artistas consagrados y emergentes; siempre y cuando las propuestas tengan la calidad que ha caracterizado a este espacio.

A pesar de la gran gestión que este espacio realizó en favor de las artes visuales, en los últimos quince años el énfasis de su gestión se posó en la producción musical. Es innegable que los conciertos que ofrece El Pobre Diablo, de dos a tres veces por semana, ha dado gran promoción a los músicos ecuatorianos. La producción musical en el Ecuador y las universidades que han propuesto proyectos de música en sus mallas curriculares, se han visto beneficiados por el trabajo constante de este espacio.

El objetivo principal de este texto ha sido rendir un homenaje al Pobre Diablo como uno de los espacios de arte independientes más importantes del Ecuador en sus 25 años. Me atrevo a decir que la influencia de este espacio ha sido decisiva para el arte en Quito. La gestión cultural y artística de Pepe Avilés ha sido tan importante como su obra fotográfica, esto ha hecho del Pobre Diablo un referente para todos los espacios que, de manera autónoma e independiente, buscan promover el arte y la cultura en el Ecuador.

 

Entrevistas

Pepe Avilés, 2015.

Alexis Moreano, 2015.

Fotografía

Gonzalo Vargas M.

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