Arte, institución y poder, por Christian León

Arte, institución y poder*

Christian León
Crítico de cine y sociólogo

*Artículo tomado del Diario El Telegrafo, 22 de octubre de 2009


El arte es una esfera atravesada por relaciones económicas, sociales y de poder. Sería ingenuo negarlo. Sin embargo, me pregunto: ¿hasta dónde puede ‘negociar’ el arte con el poder político?

En un país como el nuestro, donde el campo artístico es frágil, la pregunta tiene una actualidad permanente. La historia reciente está llena de casos en los cuales la autoridad estatal (sea esta nacional, regional o municipal) le hizo saber al arte quién manda. A través de la censura, el silenciamiento, la invisibilización, obras que han incomodado al poder fueron desautorizadas saltándose toda la esfera artística. Artistas tan diversos como Hernán Zúñiga, Marcelo Aguirre, Julio Mosquera, Fabiano Kueva, Wilson Paccha, Santiago Reyes o Betto Villacís fueron sujetos de estos mecanismos.

Recientemente fui invitado a participar como jurado de pintura en el Festival Artes al Aire Libre (FAAL), en Guayaquil. Luego de una ardua deliberación, los miembros del jurado premiamos la obra que consideramos la mejor. Pocos días más tarde, fuimos invitados a reconsiderar el dictamen porque la obra trabaja con una temática incómoda para las autoridades políticas de la ciudad. Ya sin mi participación, se reestructuró el veredicto y se dejó sin premio a la obra en cuestión.

Al margen de toda consideración personal, creo que este es un episodio tremendamente nocivo para la escena artística ecuatoriana. Leo en él una desvalorización de las prácticas profesionales y artísticas. Una reducción de la separación mínima de tareas que garantizan el funcionamiento de la cultura y la sociedad.

Pero más importante aún, veo en ese acto un afianzamiento de prácticas autoritarias que silencian la capacidad de debate en el campo cultural, limitan el libre flujo simbólico y anclan la agenda artística a las necesidades del poder. Cualquier práctica que desafía el mantenimiento del orden y la autoridad es considerada peligrosa. Consecuentemente, es silenciada a cualquier precio.

Cuando en el país asistimos a un recambio generacional en el campo de las artes y la institucionalidad cultural, parece indispensable erradicar prácticas autoritarias y patriarcales que nos llevarían a los mismos errores del pasado. La escena artística ecuatoriana, en plena renovación, requiere diálogos abiertos en donde los agentes del campo de arte polemicen y deliberen por fuera de imposiciones unilaterales.

Las prácticas para-institucionales nos afectan a todos los agentes que de una u otra manera estamos tratando de construir un campo artístico y cultural nuevo. Es urgente que artistas, curadores, críticos, historiadores y docentes tengamos una posición vigilante y crítica respecto de imposiciones ‘dilucidadas’ desde la arbitrariedad del poder.

Es necesario abrir un debate sobre la institucionalidad del arte en nuestro país, que avale la subsistencia de una diversidad estética, política y conceptual liberada de la tutela de la autoridad estatal. Este es un aspecto innegociable sin el cual no podrán existir instituciones artísticas capaces de plantearse procesos a largo plazo.